Por qué te tienes que apuntar a este curso en septiembre

Los MOOC suelen ser gratuitos y con una calidad alta en el contenido.Aunque cada vez se habla más de los MOOC, todavía hay algunas cosas sobre lo que son (y lo que no) que no terminan de estar claras. Por esa razón, aún son muchos los que todavía no se han lanzado, y siguen buscando respuestas a preguntas como: ¿son tan buenos como dicen? Pero, ¿de verdad no tienen coste? Y, sinceramente, ¿hacerlos vale para algo? Por ello, hay que explicar que es exactamente un MOOC, dado que conocer su naturaleza (y, sobre todo, su propósito) permitirá entender mucho mejor los porqués de todas las respuestas…

El término MOOC es el acrónimo de Massive Open Online Course, lo que traducido al castellano sería algo así como Cursos en Línea Masivos y Abiertos. De esta forma, estamos hablando de cursos de formación a los que todos podemos acceder desde casa y que por lo general no tienen coste aunque la calidad que ofrecen es, casi siempre, de un nivel altísimo. Dicho lo cual, vayamos a por nuestras tres preguntas:

¿Son tan buenos como dicen?

¿Alguna vez soñaste con poder estudiar en Harvard? ¿En el famoso MIT? ¿O en las universidades de Stanford y Oxford? Todas ellas entre las diez más prestigiosas del mundo, con unas matrículas de coste muy elevado a las que, históricamente, tan solo podían acceder los bolsillos de unos pocos privilegiados…

Hoy, afortunadamente, algo así ya es historia gracias a los MOOC, disponibles en plataformas como Coursera (de la Universidad de Stanford), edX (del MIT, Harvard, Berkeley, entre otras), Udacity, Khan Academy (la primera, creada por un ex alumno del MIT) o Miriada X, con quienes todas ellas (y muchos otras miles de universidades de todo el mundo) han abierto, por fin, sus puertas.

No obstante, confieso que soy plenamente consciente de que lo lógico, al leer algo así, es que surja la desconfianza: ¿Qué puede llevar a ese tipo de instituciones a poner una parte de su oferta formativa al alcance de todos? ¿A enfrentarse a los costes de este tipo de proyectos y a un posible riesgo de “canibalización” con sus programas de pago?

La respuesta es francamente sencilla: a todas ellas les compensa porque los MOOC son una herramienta de marketing muy (muy) eficaz que permite dar a conocer la institución, el estilo y la forma de impartir la formación. Es la razón por la que no podrían arriesgarse a hacer algo de baja calidad que no generase matrículas y que, por si fuera poco, pusiera en riesgo la reputación de la institución. De hecho, puedo asegurar que, tras haber hecho ya unos cuantos, al acabar sientes algo tan familiar que te apetece seguir estudiando, allí, en “tu casa” y con tu gente.

¿De verdad no tienen coste?

Debo matizar que muchas de las instituciones que se lanzan a este tipo de proyectos lo hacen también con fines sociales, en particular, para garantizar el acceso al aprendizaje de una mayor parte de la sociedad, lo que explica que en muchos de los casos se trate de formación gratuita.

No obstante, también es frecuente encontrar universidades y escuelas de negocios que solicitan una cantidad “simbólica” para cubrir (al menos en una pequeña parte) el coste del desarrollo y de la impartición de las clases dado que, como es lógico, por detrás hay una inversión que alguien tiene que asumir.

Estamos hablando de cantidades que no suelen superar los 50 euros y, aunque me consta que para muchos bolsillos algo así puede ser un mundo, me he permitido el calificativo de “simbólico” por la comparación con las varias decenas de miles de euros que puede llegar a costar un programa convencional en sus instalaciones.

Cargar algún tipo de importe es una tendencia actual y creciente. en el mundo de los MOOC. Una modalidad es ofrecer el curso gratis y cobrar cuando se solicita la certificación (y se supera una prueba de conocimientos). Otra es implantar suscripciones temporales, al estilo Netflix.

Aunque cueste creérselo, se trata de un pago que suele repercutir positivamente sobre la motivación del alumno, y el esfuerzo para terminarlo, dado que este pago incluye el acceso al certificado oficial, y como dice la sabiduría popular: “Lo que no se paga no se valora”. Lo que explica las enormes tasas de abandono que tienen estos programas (en torno al 90%).

¿Hacerlos vale para algo?

Llegamos así al momento de hablar de los diplomas, certificados que acreditan que un estudiante ha terminado el curso, habiendo adquirido, como mínimo, los conocimientos básicos del programa. Pues bien, aquí las cosas funcionan como en la educación “de siempre”, lo que explica la metodología utilizada para este tipo de programas.

En pocas palabras, si aprendes y lo demuestras te puedes llevar el título a casa mientras que si, por el contrario, durante la explicación, te dormiste en los laureles y necesitas el certificado, te tocará repetir y tendrás que volver a empezar. Por esa razón, los MOOC se imparten a través de una plataforma que incorpora el material audiovisual que permite observar y escuchar al profesor mientras explica la lección, herramienta a la que se le añaden, entre otros, aplicaciones como foros y (o) pruebas de validación de conocimientos, lo que permite asegurar tanto la transmisión del conocimiento como que este llega, como se espera, al receptor.

Por todo ello, cuando un alumno aprueba un MOOC, este puede pedir un certificado oficial que acredite la formación, en cuyo caso la institución podría requerirle el pago de las tasas, práctica habitual en “el mundo tradicional” porque la preparación y entrega del diploma tiene un coste del que alguien debe hacerse cargo.

Y llegamos así a la pregunta: ¿vale la pena el esfuerzo (en tiempo, dinero, etcétera)? La respuesta es un rotundo “sí” retomando las respuestas a los puntos anteriores. Estamos hablando de formación de alta calidad, pero sujeta a unas tasas de abandono enormes, lo que habla muy bien de todos aquellos que consiguen llegar al final y, en particular, de su interés por estar al día y su capacidad de esfuerzo.

Y sabiendo todo esto, ¿alguien sigue teniendo dudas sobre si merecen o no la pena? Yo ya llevo ocho y pronto iré a por el noveno…

Fuente: El País

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